Los profesores

El cuerpo docente de la Universidad de Occidente estaba conformado por los profesores ayudantes, los profesores adjuntos y los profesores universitarios.

Al ser nombrados, los profesores tenían que protestar ante el rector de cumplir y hacer cumplir las leyes, reglamentos e instrucciones referentes a la Universidad, necesarias para la prosperidad de la institución.

Sus atribuciones eran: asistir con puntualidad a sus clases, a las juntas, a los exámenes y a las funciones públicas; permanecer en la clase todo el tiempo, sin promover ni consentir conversaciones o distracciones de cualquier género; enseñar la materia o textos y programas designados; cuidar que los alumnos se condujeran con urbanidad en clase, exhortándolos al cumplimiento de sus obligaciones; tratar a los alumnos con comedimiento y benignidad, sin establecer entre ellos otras diferencias que las que resultaban del mayor adelanto, aprovechamiento y buena conducta; imponer a los alumnos las penas que merecieran; dar cuenta al prefecto de las faltas cometidas por los alumnos; anotar en la lista respectiva, las faltas, conducta, aplicación y aprovechamiento de cada alumno.

Maestro que no cumplía con sus obligaciones, sufría penas que iban desde los descuentos respectivos, hasta la baja de la institución, acto este último que en algunas ocasiones sucedió. Cuatro faltas consecutivas causaban la cancelación del nombramiento. El maestro que tenía faltas justificadas, tenía la obligación de prolongar su curso hasta completar las horas reglamentarias establecidas en su respectivo programa.

Podían hacerle al rector algunas observaciones, en privado; si no las tomaba en consideración, o juzgaban necesario, las llevaban al seno del Consejo Universitario.

La planta de maestros era excelente, integrada por abogados de enorme prestigio creadores de las principales leyes de Sinaloa, doctores en medicina, educadores, historiadores, periodistas, políticos, escritores y poetas de prestigio nacional: Lic. José María Tellaeche, Lic. Francisco Verdugo Fálquez, Lic. Pedro Gonzalo Espinoza de los Monteros, Lic. Abelardo Medina, Mayor Fernando Fábregas Márquez, Lic. José G. Heredia, José María Cota, Juan B. Ruiz, José María Traslaviña, Lic. Enrique Pardo, Ing. Eliseo Leyzaola, Ing. Juan L. Paliza, don Epitacio Osuna, Juan de Dios Bátiz (fundador posteriormente del Instituto Politécnico Nacional), Veneranda Bátiz de Peña (primera mujer profesional egresada de la hoy Universidad Autónoma de Sinaloa), Francisco Vizcaíno, profesor Gilberto Lizárraga, profesor Manuel Páez, Samuel Híjar, Reinaldo González Sr., profesor Hilario Millán, profesor Alfonso Domínguez, Lic. Manuel A. Barrantes, Lic. Celso Gaxiola Andrade, Ing. José Laguardia, Lic. Carlos C. Echevarría, Antonio Canale, Lic. Jesús Inzunza, Gustavo Couret, profesor José Luis Valencia, profesor Manuel Hernández Ramírez, profesora Dolores Zepeda, profesor Francisco Pérez González, Lic. Fortino Gómez, Antonio Liera, Lic. Amado Bribiesca, Dr. Benjamín Salmón, Lic. Rosauro Rojo, Teodoro Cruz, Virginia Rojo, Mariana Valdés, María de los Ángeles Echavarría, Dr. Ángel Peña, profesor Manuel R. Alcerreca, Profesor Rafael Carlos Quintanilla, Dr. J. S. Okamura, Dr. Antonio Díaz Angulo, Guillermo Bonilla, presbítero Francisco Sotomayor, Esther de la Mora, Lic. Victoriano Díaz, Profesor Francisco Olave, Zazueta Landelle, profesor Conrado Espinoza, Álvaro Acosta, profesora María de Jesús Neda, Amado Blancarte, Lic. Jesús M. Gëmez y muchos más que forman la hermosa galería de la Universidad de Occidente, y cuyas huellas guardan los viejos corredores de la institución rosalina.

La mayoría de los maestros, sobre todo los fundadores, fueron extraordinariamente solidarios con la Universidad y sus alumnos. Cuando la situación de sobrevivencia del Internado se hizo imposible, cada maestro llevó a su casa un alumno, para darle techo y alimento.

Personal directivo

El personal de la Universidad estaba integrado por un rector (Dr. Bernardo J. Gastélum), un vicerrector (Ing. Enrique Peña), dos prefectos (uno de ellos era Juan de Dios Bátiz), un secretario (Gustavo Couret), un tesorero (Juan de Dios Bátiz), un jefe de estudios (José María Traslaviña), un escribiente (Juan B. Ruiz), un bibliotecario (José María Traslaviña), un conserje; cinco preparadores: Química ( Juan B. Ruiz), Física ( José María Cota), Historia Natural, clase de Dibujo de Paisaje (Napoleón Ramos) y un preparador de Cultura Física (Francisco Vizcaino); y dos mozos.

El Internado anexo, en tiempos de la Universidad de Occidente se encontraba en la antigua casa habitación que fue del gobernador Francisco Cañedo, estaba dirigido por un administrador (profesor Gilberto Lizárraga) y contaba además para el cumplimiento de su misión, con un conserje, una cocinera, dos galopinas, una lavandera y dos mozos. En un principio pagó una renta bastante considerable ($450.00 mensuales); cuando la situación económica se tornó crítica para la UO, al parecer los dueños de la finca se mostraron solidarios bajando la renta a $150.00 mensuales.

El internado contaba con aproximadamente 25 pensionistas que tenían un costo para la Universidad, de $6,847.50 al año. Los internos contaban con atención médica y medicinas. Los doctores de cabecera de los estudiantes eran el propio doctor Gastélum y el doctor Salmón.

Los alumnos

Los alumnos de la Universidad se dividían en numerarios y oyentes. Los numerarios eran los que seguían los cursos normales y los oyentes los que concurrían a alguna o algunas de sus cátedras.

Siempre andaban vestidos correctamente, con uniforme institucional; tenían el deber de guardar respeto y sumisión a sus superiores y tratar con cariño y buenos modales a sus compañeros; cuando necesitaban dirigirse a un superior, tenían que hacerlo por escrito o por medio de una comisión que no excediera de tres personas; no fumar dentro del establecimiento; tenían estrictamente prohibido formar corrillos en la puerta de la Universidad y en la Plazuela Rosales; guardar absoluto silencio toda el tiempo que durara la clase, sólo podían hablar cuando el maestro los interrogaba, o bien ellos solicitaran aclaraciones de lo que no comprendían; tenían prohibido permanecer en el establecimiento fuera del horario de clases, así como hacer reuniones dentro de la institución, que tuvieran objeto distinto a sus estudios.

Obviamente todos los juegos de azar estaban estrictamente prohibidos.

Los alumnos que infringían el reglamento purgaban las siguientes penas: apercibimiento privado o público; extrañamiento en lo privado o en clase, según la importancia de la falta; nota desfavorable en la calificación mensual; separación de entre los demás de la clase; lecciones extraordinarias o resolución de problemas; reclusión en un lugar sano; separación temporal del establecimiento; expulsión privada; expulsión pública, explicando entre los alumnos la causa que la motivó, expulsión que sería notificada a todos los demás establecimientos educativos del país, para que el alumno expulsado no fuera aceptado en ellos. Por supuesto, jamás reingresaría a la UO.

Los alumnos de preparatoria pagaban una cuota de $4.00 mensuales; y los de profesional, $5.00 pesos por mes; los alumnos normalistas estaban exentos de cualquier pago académico, si acaso sólo pagaban el costo del material.

Por cierto, quien siempre pugnó porque los alumnos pagaran la menor cantidad posible fue don Epitacio Osuna. Contrario fue don Juan de Dios Bátiz, quien propuso como alternativa para los estudiantes de escasos recursos, las becas de gracia, pero sólo para estudiantes brillantes.

La autonomía universitaria

¿Cómo entendían la autonomía las autoridades y maestros de la Universidad de Occidente?

Desde los tiempos del Porfiriato, la máxima autoridad sobre la institución era la Junta Directiva de Estudios, cuya presidencia estaba en manos del gobernador del estado. Por tanto, era el gobernador quien determinaba y aprobaba todo lo que se hacía al seno del Colegio Rosales, desde la administración del presupuesto hasta la contratación de maestros y empleados, pasando por los planes de estudios de las carreras.

En la Universidad de Occidente todo cambia. Aquí, son los maestros, convertidos en Consejo Universitario los que administran los ingresos (la Ley 47 mandataba que la administración de los fondos propios de la institución serían administrados por cinco Regentes: tres eran nombrados por el Consejo Universitario, uno por el Ejecutivo y otro por el Congreso del Estado; pero como casi nunca tuvo recursos propios nunca se nombraron; finalmente en 1920 se modifica la ley y el Consejo de Regentes desaparece, concediéndole mayores facultades al rector, como mandatario judicial y administrador, pero fiscalizado por el Consejo Universitario); los que nombran y destituyen a las autoridades en caso necesario (el rector sólo podía nombrar al secretario, tesorero, prefectos, preparadores, personal administrativo y a los profesores ayudantes, pero dando cuenta de ello al CU para que lo avalara); los que nombran y remueven a los propios catedráticos; los que proponen y modifican planes de estudios; los que seleccionan los libros de texto; los que aprueban incrementos o decrementos en los sueldos.

Es decir, son los maestros los que definen el rumbo de la Universidad, en todos los aspectos, alejados totalmente de la esfera gubernamental. Los informes del rector estaban dirigidos al Consejo Universitario. Desde luego, conforme a la Ley 47 el gobernador tenía derecho de inspeccionar y vigilar el buen uso de los recursos que entregaba. Sin embargo, no existe evidencia de que haya hecho uso de esa prerrogativa.

La máxima autoridad era el Consejo Universitario. En no pocas ocasiones el Consejo rechazó tajantemente proyectos y propuestas del rector y del vicerrector, por no considerarlas convenientes a los intereses de la Universidad. Todo asunto, por minúsculo que pareciera, era tratado en el Consejo Universitario, y resuelto por medio de una comisión que investigaba, analizaba y emitía un dictamen sobre el mismo, dictamen que, por supuesto, era aprobado o rechazado por el máximo órgano universitario. El rector tenía atadas totalmente las manos con candados muy firmes establecidos en el Reglamento Interior del Consejo Universitario.

La UO tuvo la oportunidad de ser extraordinariamente democrática, si hubiese incorporado al Consejo Universitario a los estudiantes, como en 1919 lo propusieran al seno del mismo los licenciados Pedro Gonzalo Espinoza de los Monteros y José Guillermo Heredia. Sin embargo para la mayoría de los consejeros, incluidos el doctor Gastélum y el ingeniero Peña, en la Universidad los estudiantes tenían una misión bien definida: estudiar. No obstante, hubo algunas protestas estudiantiles, como las de un grupo que se insubordinó contra el plan de estudios y el libro de texto de la clase del ingeniero Juan L. Paliza. Por supuesto, la demanda no prosperó, pero abonó el terreno para que en la etapa siguiente de la institución, la base estudiantil surgiera en todo su esplendor.

Los maestros de la Universidad de Occidente estaban dispuestos al más grande de los sacrificios con tal de no poner en entredicho o en riesgo la autonomía que disfrutaban, tal y como sucedió a mediados de 1922. La Universidad de Occidente es una de las pioneras en este aspecto, muy lejos de la Universidad Nacional Autónoma de México, institución que logra su autonomía en 1929.

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